Cuando el símbolo comienza a moverse Una mirada al ciclo audiovisual de "Dimensiones Ocultas"
Por Gabriel Fontana
Crítico de arte y ensayista
Existe un momento particularmente interesante cuando una pintura abandona la inmovilidad. No porque el movimiento la haga mejor, sino porque obliga al espectador a replantearse aquello que creía haber comprendido. El ciclo audiovisual de Dimensiones Ocultas logra precisamente ese efecto. Las películas no buscan explicar las pinturas; las expanden.
Uno de los aspectos más llamativos del proyecto es su decisión de conservar el misterio. Los personajes no hablan, no narran su historia ni revelan el significado de los símbolos que los rodean. Todo ocurre mediante silencios, miradas, movimientos pausados y una naturaleza que parece respirar junto a ellos. Esa ausencia de explicaciones transforma cada cortometraje en una experiencia contemplativa, donde el espectador participa activamente construyendo su propia interpretación.
Entre todas las figuras del universo creado por Fabaries Vásquez, la Hechicera emerge como uno de los personajes más fascinantes.
No aparece representada como una figura oscura o amenazante, sino como una presencia serena, casi atemporal. Su relación con la esfera luminosa que sostiene parece ir mucho más allá de un objeto mágico. La esfera actúa como un símbolo de conocimiento, memoria y percepción. No entrega respuestas; refleja posibilidades. Es un punto de encuentro entre distintas dimensiones, un lugar donde pasado, presente y futuro parecen coexistir.
La mirada de la Hechicera resulta especialmente significativa. Nunca parece dirigirse completamente hacia el espectador. Observa algo que permanece fuera de nuestro alcance, como si contemplara una realidad inaccesible para quienes habitamos el mundo cotidiano. Esa decisión visual convierte al público en un testigo, nunca en el protagonista de la escena.
El cortometraje potencia esta idea mediante movimientos mínimos. La respiración, el desplazamiento del humo, la luz que envuelve la esfera y el lento movimiento de la vegetación construyen una sensación de tiempo suspendido. Nada ocurre con urgencia porque, dentro de Dimensiones Ocultas, el tiempo parece obedecer otras reglas.
Algo similar sucede con los animales que acompañan distintos relatos audiovisuales.
Los gatos no cumplen únicamente una función estética. Su presencia constante recuerda antiguas tradiciones donde estos animales eran considerados guardianes de espacios liminales, observadores de aquello que permanece oculto entre el mundo visible y el invisible. En los cortometrajes nunca aparecen subordinados al ser humano. Poseen autonomía, observan, esperan y parecen comprender aquello que el espectador apenas comienza a intuir.
Los perros, por otra parte, representan otra forma de protección. En especial el galgo, cuya elegancia y quietud transmiten lealtad y vigilancia silenciosa. No protege mediante la fuerza, sino mediante la presencia.
Quizá uno de los recursos más interesantes del ciclo audiovisual sea la utilización de animales ancianos.
En la tradición visual contemporánea solemos asociar la majestuosidad con la juventud y el poder físico. Sin embargo, Dimensiones Ocultas invierte esa lógica. El león envejecido, el tigre de movimientos lentos y las aves de vuelo pausado representan una autoridad distinta: la de quienes han permanecido el tiempo suficiente para comprender el mundo. La vejez deja de entenderse como decadencia y comienza a funcionar como un símbolo de conocimiento acumulado.
Esta misma idea atraviesa la figura del Gigante del Silencio, cuya inmensidad nunca se presenta como amenaza. Su presencia transmite calma. Es un guardián que observa más que domina, un ser que parece custodiar un paraíso donde la violencia ha dejado de existir.
Otro elemento que merece atención es el humo, presente en varios de los cortometrajes.
Lejos de utilizarse como un efecto atmosférico, funciona como una metáfora visual de aquello que conecta dimensiones. Surge desde cascos samurái, velas u objetos rituales y nunca permanece inmóvil. El humo une espacios, atraviesa límites y sugiere que existe un tránsito constante entre mundos que el espectador solo alcanza a percibir parcialmente.
Las películas tampoco abandonan la materialidad de la pintura.
A diferencia de muchas producciones que intentan ocultar su origen artístico mediante un realismo absoluto, aquí se preservan las texturas del óleo, la composición clásica y la iluminación propia de cada obra. Esa decisión resulta fundamental porque recuerda permanentemente que el origen de este universo sigue estando en el lienzo. El cine no reemplaza la pintura; simplemente le permite respirar durante unos instantes.
Quizá el mayor mérito del proyecto sea comprender que el simbolismo no necesita ser descifrado para generar significado.
En una época donde gran parte del contenido audiovisual busca explicar cada detalle, Dimensiones Ocultas reivindica el misterio como parte esencial de la experiencia estética. Los personajes nunca revelan completamente quiénes son. Los objetos rituales conservan su ambigüedad. Las dimensiones permanecen abiertas. Y precisamente por eso el espectador continúa pensando en ellas mucho después de abandonar la sala.
Más que una serie de cortometrajes inspirados en pinturas, el proyecto propone una forma distinta de relacionarnos con la imagen. Nos invita a aceptar que algunas preguntas no necesitan una respuesta definitiva para seguir habitando nuestra imaginación.
Porque, al final, las mejores obras de arte no son aquellas que nos explican un mundo.
Son aquellas que nos hacen sospechar que ese mundo continúa existiendo cuando dejamos de mirarlo.
— Gabriel Fontana
Crítico de arte y ensayista
